Detrás de las calles de la comuna 16 Belén, sus vías rectas y su trajín de buses, aún late la memoria de un caserío que empezó a crecer alrededor de una parroquia, hoy esta comuna es símbolo de resiliencia y construcción ciudadana.
Era 1814 cuando la iglesia de Nuestra Señora de Belén se convirtió en faro y punto de encuentro. De ahí en adelante, el territorio comenzó a atraer familias que buscaban un lugar donde echar raíces, una vida tranquila al borde occidental del Medellín que apenas se estrenaba como ciudad.
Por esos años, cruzar el río era cruzar un límite físico y simbólico. Belén era 'la otra banda', una extensión de potreros y fincas donde pastaban vacas y crecían las cosechas. Pero entre 1878 y 1879 apareció el puente de guayaquil, y con él, la primera gran bocanada de ciudad que recibió esta zona.
Como dicen sus habitantes más antiguos, como el señor Wilson Velásquez, el barrio sigue siendo el belén. De casas que costaron 40 pesos, de techos de caña brava, de galladas de muchachos jugando escondidijo, de vecinos que ayudaban sin pedir nada, de abuelas que aún vigilan la cuadra desde la puerta.
Una comuna que creció hacia arriba y hacia los lados, que ya no deja ver la cordillera como antes, pero sigue siendo un vividero amado.
Aquí, en esta mezcla de pasado campesino y ciudad moderna, belén aprendió a crecer sin olvidar de dónde viene. Y por eso, quizás sus habitantes dicen que siempre se siente como volver a casa.
Conozca la historia de Belén, la comuna más grande de Medellín
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