Winder y Deivi Delfín, de 15 y 17 años, saben demasiado bien lo que significa sobrevivir a una tragedia. El pasado 24 de junio, un devastador terremoto en Venezuela cambió sus vidas para siempre: el colapso de varios edificios en La Guaira les arrebató a su madre, su abuela y a su hermano menor.
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Junto a su padre, Deivid Delfín, también sobreviviente del desastre, emprendieron el camino hacia Colombia en busca de una nueva oportunidad. Deivid, quien se gana la vida como barbero, llegó al país con sus dos hijos cargando no solo sus pocas pertenencias, sino también el dolor de haber perdido a gran parte de su familia.
Durante 26 días, los tres hicieron todo lo posible por encontrar a sus seres queridos. Con una pala y hasta un cuchillo de cocina removieron escombros y buscaron incansablemente entre las ruinas, aferrados a la esperanza de encontrar con vida a quienes amaban. Finalmente, los hallaron sin vida.
Con el corazón destrozado, decidieron trasladarse a Cali para comenzar de nuevo. Sin embargo, apenas intentaban reconstruir sus vidas cuando el miedo volvió a tocar su puerta.
El pasado 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió Colombia y volvió a ponerlos frente a una pesadilla que aún no habían logrado superar. Cali fue una de las ciudades más afectadas y, mientras el suelo se estremecía, Deivid no se encontraba en casa.
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Desesperado y recordando todo lo que ya había vivido, corrió hacia su vivienda con un solo pensamiento: sus hijos.
Cuando finalmente los encontró sanos y salvos, las lágrimas fueron inevitables. En declaraciones a The New York Times, Deivid expresó el profundo temor que lo acompañó durante esos minutos: “Se me salieron las lágrimas y todo, porque me daba miedo lo que viví ya, lo que vivieron mis hijos. No quiero que les pase nada a mis hijos”.
Para esta familia, el terremoto en Colombia no fue solo otro desastre natural. Fue el regreso de un miedo que todavía no había desaparecido: el temor de volver a perderlo todo.