Antes de pisar una cancha, el jugador se forma en casa. Para Juan José Peláez, el hogar es el primer espacio donde se construye la motivación deportiva, una que va mucho más allá del resultado del fin de semana.
Motivar no significa presionar. Peláez enfatiza en la importancia de reconocer el esfuerzo, incluso cuando los resultados no acompañan. Un niño que siente respaldo incondicional desarrolla una relación más sana con el deporte y consigo mismo.
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El diálogo también cumple un papel central. Preguntar cómo se sintió en el partido, qué aprendió o qué disfrutó, abre la puerta a conversaciones formativas. En cambio, reducir la charla a “¿ganaron o perdieron?” limita la experiencia deportiva.
Otro elemento clave es el ejemplo. La disciplina, el respeto por los horarios, la alimentación y el descanso se aprenden en casa. Cuando la familia acompaña estos hábitos, el jugador los asume con naturalidad.
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Según Peláez, el mejor mensaje que puede recibir un niño es saber que su valor no depende de un gol o una titularidad. Desde el hogar se siembra la motivación que sostiene al futbolista en los momentos difíciles y lo impulsa a seguir soñando.